Todos, más o menos, conocemos “El cuento de la lechera”, una de esas fábulas que han pasado de generación en generación (y ya son muchas desde que Esopo o Samaniego, según se prefiera, la escribiesen allá por el siglo VI a.c uno, en el XVIII el otro ). Y aunque su difusión pudiera considerarse homogénea en la cultura occidental no ocurre lo mismo con el sentido que cada pueblo le da a la moraleja.

El cuento de la lechera
El cuento de la lechera. Idígoras y Pachi. Diario El Mundo

Los hechos no parecen contradictorios: una joven emprendedora planifica su estrategia, que a base de esfuerzo y dedicación, le permitirá cumplir unos objetivos y alcanzar unas metas.

Sin embargo, y pese a una exposición del relato tan aséptica, hay una gran diferencia en la interpretación, ya esté ésta construida desde unas creencias limitantes, como es el caso de nuestra cultura más cercana, o desde un sentido mucho más positivista para estos casos, como el que suelen utilizar nuestros amigos anglosajones.

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Nuestras creencias nos reprimen.

Supongo que Esopo o Samaniego, simplemente pretendían advertir del peligro de construir castillos en el aire, pero, quizás esa sana advertencia se haya degradado en nuestra sociedad aflorando una visión de la moraleja mucho más represiva sobre lo que deseamos y lo que podemos hacer para conseguirlo. Así, inconscientemente premiamos el miedo al fracaso y marginamos al idealista que lucha por sus sueños. Incluso si alcanzase sus metas, existe cierta tentación a no valorar su éxito y atribuirle causas poco nobles, pero bueno, eso daría para otro post.

Según este diagnóstico, tan banal como agorero, subyace en él lo insano del emprendimiento, las consecuencias que puede acarrear y que en definitiva es mejor no arriesgar, no soñar…no creer en tus posibilidades.

Aún así, somos un país de emprendedores, los datos lo dicen, casi un 20% de la población activa cotiza como autónomo en la seguridad social, y pese a ello, compartimos en el ideario popular (unos más que otros) esa sensación de fracaso estrepitoso (casi ridículo) si las cosas no salen bien a la primera. ¿Vivimos en contradicción?

Sin embargo, podríamos hacer otra lectura mucho más constructiva, como la que hace la cultura anglosajona al interpretar el emprendimiento. Primero, no tiene por qué romperse el cántaro siempre, ni a todo el mundo. Segundo, si se rompe habremos experimentado no sólo la dinámica física del hecho en sí (de lo cual se obtienen datos no fracasos), sino que además habremos adquirido las habilidades para saber cómo se puede llevar el cántaro sin que se nos rompa la próxima vez, es decir, sabremos cómo no se debe de llevar un cántaro lleno de leche o sueños, da igual lo que contenga.

“Unas veces se gana y otras…se aprende”

 

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